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Lejano

Juan Zapater, Todo Cine, October 2003



Nuri Bilge Ceylan antes de empezar a contar historias en el cine, capturaba instantáneas fotográficas, congelaba efímeras fracciones del tiempo. Y lo hacía, al parecer, por una razón fundamental: dar una oportunidad y, paradójicamente, más tiempo a la mirada para que, de esta forma, pudiera comprender, aprehender y ordenar lo que tenía ante sus ojos. Y es que este Nuri Bilge Ceylan ha sido forjado con la materia ingrávida que alimenta a unos pocos cineastas, aquellos que practican un cine íntimo, cine de silencios estridentes, cine de gritos mudos. No hay muchos ni tampoco se les permite sobrevivir en esta época. Son gentes como Dreyer, como Ozu, como Sokurov, como Angelopoulos o como ese Tarkovski al que en algún modo homenajea este filme, si por tal se entiende nombrar, es decir señalar, distinguir, invocar a quien supo arañar un camino propio.

En cuanto a UZAK (Lejano) pasó por Cannes y brilló en una edición extraña en la que naufragaron algunos viejos maestros. Premiaron a sus actores, pero igualmente pudieron haber premiado su fotografía, su dirección o todo su contenido. Nada hubiera cambiado. Ni para la película lógicamente ni, especialmente, para el cineasta salvo que, sin premios, es seguro que muchos espectadores jamás la hubieran visto.

Cuando era fotógrafo, Nuri Bilge Ceylan dirigía sus cámaras hacia objetivos hechos de mar y nubes, hacia personajes anónimos y paisajes sin historia. Tras convertirse en cineasta Bilge Ceylan filma películas a las que titula, y no por casualidad, KASABA (El pequeño pueblo, 1997), MAYIS SIKINTISI (Nubes de Mayo, 1999) o este UZAK (Lejano) que habla más de una actitud que de un espacio. No se ha dicho todavía pero tanto como fotógrafo o como cineasta Nuri Bilge Ceylan se mueve en un territorio cotidiano, evita el tremendismo y cultiva esos sutiles detalles apenas relevantes pero sin duda realmente decisivos. Su cine emite vibraciones de baja frecuencia, de esas que casi no son perceptibles pero que, si se detectan, conmocionan y perturban de un modo hondo.

Aunque en Cannes se premió a sus dos principales actores -sin duda merecidamente- y aunque a veces se explica la sinopsis argumental del filme como la historia de dos personajes, un encuentro entre dos hombres de caracteres opuestos, entiendo que UZAK (Lejano) responde mucho más al deseo de radiografiar a un cadáver. UZAK (Lejano) corresponde a la autopsia de un náufrago que corta con desesperación las últimas amarras que le podrían haber mantenido con esperanza. Mas allá de las semejanzas anecdóticas de sabor autobiográfico Nuri Bilge Ceylan proyecta en su personaje principal, un fotógrafo como lo fue él, heridas y cicatrices de sí mismo para mostrar el hundimiento de un individuo corroído por la angustia de la existencia, podrido por la frustración y el egoísmo.

En un momento del filme, el único en el que se asiste a una desenfadada reunión de amigos, Mahmut afirma que la fotografía ha muerto. En realidad lo que está gritando es que quien ha muerto ha sido él que ha renunciado a sus sueños y ha vendido su técnica para trabajar para una empresa de cerámicas a las que fotografía sin emoción alguna, recluído en un triste cuarto de su espaciosa e inhabitada vivienda.

No deja de ser significativa que la primera voz que oímos en el filme, provenga de la llamada telefónica de su madre a la que Mahmut no responde. Luego comprenderemos que salvo su madre, es decir su origen, ya no le queda nada a Mahmut pero es que su madre empieza a descender por el camino de la enfermedad y la muerte. Por eso mismo es desde su origen, su pequeño pueblo, desde donde arranca el filme. Allí, con el plano sostenido de un amanecer, con el canto de un gallo, se pone en marcha su última oportunidad. Es entonces cuando vemos avanzar, a través de un paisaje nevado, a Yusuf -probablemente un reflejo de Mahmut que, con el tiempo, será como él-. Aunque Mahmut no lo acepte, Yusuf representa la última oportunidad, el último tren para escapar de esa ratonera en la que vive obsesionado por un ridículo ruido que por las noches provoca un insignificante ratoncillo. Pero para quien se ha anclado en el silencio de la soledad ese roer quedo alcanza el valor del estruendo y tras él ya no se escucha, ya no se puede oir otra cosa que eso. Paradójicamente el filme se cierra con un acercamiento en primer plano a Mahmut, un Mahmut liberado de su obsesión que mira y espera, probablemente en vano, a que vuelva a cantar un gallo y todo comience de nuevo.

Por todo ello y detrás de ese aparente hieratismo, Bilge Ceylan construye un filme de poderosa escritura, de reposada digestión. Todo en él rebosa intencionalidad, todo en él está alumbrado por el significante consciente de quien ha reflexionado sobre lo que está narrando. Esos planos a veces casi inmóviles desbordan tanta tensión como las obras de Hitchcock. Esa aparente sobriedad monocromática de grises fríos ofrece tantos matices como el más colorista filme de Minnelli. Pocas veces con tan pocos planos se ha dicho tanto. Porque si bien es cierto que todo el filme gira en torno a Mahmut, no lo es menos que los escasos personajes que le circundan quedan perfectamente retratados.

La cuestión de fondo es percibir que UZAK (Lejano) duele en esos personajes sin esperanza. En ese Estambul blanqueado por la nieve. En ese barco encallado de medio lado arruinando la esperanza del turco que sueña con recorrer el mundo. En esa mujer furtiva que comparte lecho pero no derecho. En la multitud de pequeñas mezquindades de ese patético fotógrafo prepotente y maniático incapaz de ser generoso con quien se muestra desesperado. En ese gesto de piedad consistente en golpear hasta matar a un pequeño ratón para evitarle el horror de ser comido vivo... Por todo eso y por mucho más escuece este UZAK (Lejano) que parece hablar desde los recovecos más profundos del propio cineasta al mismo tiempo que verbaliza la angustia de un mundo en retirada hacia ningún lado.